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Sobre ¡Líderes Auténticos!

Sobre ¡Líderes Auténticos!
mayo 24
11:20 2018

Por Prof. Dr. Eduardo Dalmasso

En todos mis escritos sobre la educación del líder, he hecho énfasis en la complejidad del mundo y de la propia condición humana; un énfasis que deviene del convencimiento de que, sin una fortaleza interior y un claro sentido de misión, el camino se pierde e incluso se traiciona. Por eso creo, que sólo encontrando el camino de la alegría de vivir: la asunción del autoliderazgo y el consecuente liderazgo se hace posible:
“La falta de certeza puede ser un motivo de alegría y no de angustia, el tema para que esto suceda es asumirla como propia del estado de naturaleza y como un desafío para nuestra creatividad”. (Barylko, Jaime; 1995).
El líder auténtico es una persona que se mueve en función de su realización personal, según sus talentos y vocación, puesta al servicio de obtener los logros que lo movilizan. Disfruta en ese camino de creación, aunque los naturales procesos de duda e incluso angustia estarán presentes. La actitud que le corresponde es el de un escucha activo, dado que se niega a la soberbia, su práctica es la enseñanza aprendizaje como actitud existencial ya que él tomará el rol de “buen maestro” (Dalmasso 2012), no sólo en relación a los que están en el camino de su influencia sino respecto a sus diálogos consigo mismo.
Sabe que es humano y de ello la necesaria autocompasión y su empatía, ante los renuncios a sus principios. Esto lo lleva, cuantas veces sea necesario, a rescatar como consecuencia de sus procesos de reflexión, la coherencia que hace de él un guía; vale decir: su alineamiento entre lo que piensa, expresa y hace como forma de vida. Aprende, sin duda, a aceptar derrotas o retrocesos que el sinuoso camino de la vida impone, pero nunca a renunciar a su visión.
Por eso hablo de la fortaleza del líder, de su capacidad de reinventarse y de darse los tiempos que su relación con el mundo necesita. El líder asume su visión, se hace cargo de lo que significa, nadie lo obliga, él se siente llamado a cumplir su rol, que como sabemos se manifiesta en distintos espacios; (en un equipo, en un aula, en su propio trabajo, en la acción política, como científico, docente, músico, etc.).
Ese líder al que nos referimos, no desprecia el éxito que se corresponde con su propia búsqueda de logros, pero no lo mueve el aplauso, sí cumplir con el mismo hecho que identifica en su misión, ya que en ese proceso sus energías y la alegría de vivir,-aunque no sin tribulaciones-, se multiplican. Me refiero a las misiones según el campo que se trate: un coach deportivo, un médico, una madre, un político, un trabajador, un escritor, un empresario.
Estos personajes, cualquiera sea su condición, perciben en su crecimiento que la búsqueda del éxito a cualquier costo, no sólo lo transforma en un esclavo, sino que lo lleva a la traición y a la propia alienación. De forma intuitiva o reflexiva, toman nota que los momentos de peor debilidad es cuando se someten al ego. En ese orden coincidimos con Abraham Maslow en que cuando toda la energía está ligada a un fin trascendente a su propia persona, la alegría de vivir se multiplica, de ello mi insistencia en asimilar un buen líder a un ¡buen maestro!

¿De qué depende la Fuerza del líder?
Esta pregunta no es ociosa, porque la decisión de autoliderarse y/o liderar implica siempre esfuerzos y decisiones de optar, lo que puede significar distintos niveles de sacrificio. El hecho de que el líder la asuma con alegría, no excluye la fuerza de voluntad y el alimento de su vocación para sostener una práctica, de las que otros se excluyen. Sintetizo las principales a partir de la convergencia de Carlos Matus y Carl Jung en las características:
La personalidad: dentro de la variedad de tendencias innatas, se encuentran en las personas algunas particularmente destacables. Por ejemplo: Las tendencias agresivas y sexuales, que integradas con otras tendencias básicas (conservación, comunicación, estimación, etc.), son campos formidables de energías puestas al servicio de la vida. Pero, desordenadas o desorganizadas, ese tipo de predisposiciones, generan situaciones conflictivas dentro del individuo y en su relación con los demás.
La pasión: la capacidad o inteligencia de las personas para desarrollar sus acciones no son suficientes para llegar a un objetivo, menos cuando estamos ante escenarios complejos. No hay una relación simple o lineal. Sortear los obstáculos de cualquier juego en el camino de la vida, sea de carácter empresarial, político, profesional o simplemente de la superación de problemas serios, dependerá de la voluntad y vehemencia que se ejerza para dar la dirección adecuada y no cejar cualquiera sea la circunstancia. Surge lo siguiente: ¿Cuánta de su capacidad necesita usar para lograr sus objetivos? ¿Cuánta pasión pondrá en el desarrollo de las acciones para sortear los obstáculos? Capacidad y pasión son dos fuerzas convergentes para lograr lo que una persona se propone.
La experticia: hace a la destreza adquirida con el paso del tiempo, en el entrenamiento que nos suministran las adversidades de la vida cotidiana. Es la experiencia obtenida, asimilada. Es la habilidad desarrollada que se trasunta no sólo en el saber hacer, sino también en la capacidad de encontrar respuestas adecuadas a una variedad de comportamientos.
Dominio científico – tecnológico: cualquiera sea el juego, en la medida que hay otros jugadores dentro de campos de cierta complejidad y los objetivos sean disputados, para poder superar los obstáculos que se presenten, se requiere estar en mejores condiciones que los adversarios. Pero aún en campos donde el principal adversario es uno mismo y la ocupación de un espacio depende sólo del propio talento, es preciso considerar que la capacidad científica – tecnológica y la imaginación creadora, aparecen como un recurso esencial para la innovación y el desarrollo de cursos de acción.
Control y posesión de recursos: es claro que el grado de riesgo y la perseverancia que requieran el o los objetivos propuestos harán indispensable un nivel de recursos tangibles e intangibles. Sostener un proceso en el tiempo dependerá, en buena parte, de que se cuente con ese tipo de herramientas.

En síntesis
El líder surge como consecuencia de su capacidad de convencer. A partir de que el tipo y la calidad de las acciones que se concreten responderán a su grado de influencia, en gran parte, como reflejo de una visión que sus seguidores harán suya. En ese entronque, entre visión, persuasión y condiciones de liderazgo, se inicia el camino de realizaciones que manifiestan el poder que ejerce el líder.
Las condiciones de liderazgo se manifiestan en el ejercicio del poder. Dependerá del uso de los recursos con que cuenta, del conocimiento de campo, de la fuerza, disposición de ánimo y de los valores que su consciencia y conducta enuncien. Todos factores que no se podrían definir mediante una fórmula, sino que, en cada líder, se manifestarán con especificidad propia. Cada persona actuará desde el ejercicio de sus modelos mentales, actitudes y patrimonios para superar las contingencias o los diferentes estados de naturaleza.
Para graficar las dificultades de este proceso de educación de líderes auténticos, es decir, el logro del equilibrio entre la mente, el cuerpo y el espíritu, recurrimos a Jorge Luis Borges, quien desde su poética nos describe el estado de confusión que es posible estemos viviendo:
“Una vez fue conducido Teseo por el hilo de Ariadne hacia su laberíntico objetivo. Pero hoy el hilo se ha perdido; y el laberinto se ha perdido también. Ahora ni siquiera sabemos si nos rodea un laberinto secreto, un secreto cosmos o un caos azaroso. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llama filosofía, o en la mera y sencilla felicidad”. (Borges, Jorge Luis; 1985).

Estado de Confusión
Argentina, nuestro país: genera empresarios importantes para la vida social, genera científicos destacados y organizaciones tecnológicas de punta, ONG que trabajan por la vida de sus semejantes, artistas increíbles en distintos campos y, a la vez, una manifiesta decepción respecto a la clase política. Esta decepción se nutre del fracaso social de integrar a una gran parte de la sociedad a una vida digna, de la decadencia objetiva del sistema educativo, de una inflación que horada el ingreso de los más débiles y dificulta el horizonte de la vida empresaria, de un gran sector de la burocracia improductiva y de la creciente falta de seguridad. Es obvio que en un país donde existe un 30% de pobres y de ellos un alto porcentaje en estado de indignidad, la tranquilidad social es imposible. Los istmos excepcionales no derraman sus valores sobre el resto. La pregunta es el ¿por qué?
Sostengo que desde los años 30 Argentina ha vivido una guerra civil encubierta con expresiones abiertas de ello, como los Gobiernos Militares o las híper inflaciones. El propio decenio Peronista y sus reivindicaciones sociales, implicó, algo así, como una paz en armas. Errores políticos y antagonismos extremos terminaron con el proyecto. La última dictadura militar como corolario de 21 años de enfrentamientos, profundiza la destrucción del tejido social, con el agravante de que genera una deuda externa que se constituye en un cepo que ahoga las posibilidades de crecimiento.
El quiebre que significa el último período militar, fue producto del grado de confrontación y de visiones diferentes de sectores sociales. La Violencia de Estado es precedida de la violencia institucional armada y no armada por muchos años. El regreso de Perón fue el reconocimiento de la imposibilidad de acordar un modelo de país sin la fuerza política creada por él. La historia real demostró que era tarde.
El posterior Gobierno democrático no toma nota de la complejidad económica, social y política de Argentina, y el siguiente abandona el concepto de soberanía. En realidad, el mayor éxito de la Dictadura fue horadar la calidad de la dirigencia. Pero eso sucede porque en la permanente confrontación, distintos sectores se van abroquelando en reductos corporativos que tampoco entienden el juego democrático y en el transcurso deja de interesarles. La pérdida de horizontes ideológicos debilita la dignidad de nuestros políticos. Todos hacen virajes inexplicables. Incluso luchadores contra el régimen de facto aparecen comprometidos con políticas de mercado que llevaron o profundizaron la exclusión social.
Dentro de ese proceso, la conformación de la justicia se presta al juego de intereses y negociaciones por la apropiación del aparato del Estado, único objetivo cuando se abandonan principios. Esta mediación estratégica del aparato de justicia facilita la penetración de la corrupción. Así, las instituciones de la República quedan sin su fundamento: la igualdad de los ciudadanos ante la ley. El Nepotismo imperante es clara muestra del estado de anarquía.
El sistema educativo deja de ser relevante y pierde el compromiso del Estado con la consiguiente destrucción de valores esenciales para la convivencia cívica, dentro del mismo, las universidades intensifican sus contradicciones ideológicas, se sostienen posiciones sectarias que obnubilan su cometido: la educación de líder y el desarrollo de conocimientos en términos de los reformistas del 18.
Dentro de ese marco, el país se precipita al abismo: la crisis del 2001 al 2002. Una crisis profunda que los vientos de cola del mundo ayudaron a superar. Aparece una reacción racional ante una situación realmente desesperante. Esa reacción fue un espejismo, porque la cultura de la clase dirigente en el poder se tragó la sensata estrategia implementada e incluso la traicionó en términos del significado del pacto democrático (Chantal Mouffe), llevando al país a una nueva situación de crisis. Aparece así nuevamente el movimiento pendular que, por supuesto,es posible lleve a la nada. ¿Y la Burguesía? Creo no habrá burguesía hasta que la clase propietaria de Argentina, piense por sus propios medios y no por ideologizaciones técnicas que responden a superestructuras de los países dominantes. Comprender esta trama, podría ser un paso para comenzar a generar los líderes que no tenemos, pero que anhelamos.

Eduardo Dalmasso

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